Archivo del Autor: garciayoldi

Empezando de cero (II)

(continuamos la conversación con una mujer de unos cuarenta años que seguía sin perder la sonrisa)

Ahora me veo que esos años estaba totalmente hiperactiva. Ahora estoy sobreviviendo. Yo había consumido desde los dieciséis años, pero con todos esos problemas volví: cocaina, speed… menos caballo y porros, todo. Además, he atentado contra la autoridad en cinco ocasiones, porque aparecía la policía y no sé por qué -por los problemas con el consumo, más bien- me metía con ellos. He estado cinco veces en el calabozo, la última fue este año. Tanta presión, tanta presión… Porque en mi vida nunca he tenido que dar explicaciones a nadie. No he tenido reglas. Ni para bien ni para mal. Y he ido funcionando… ¡así!, con estos altibajos. Y luchando mucho para que salieran las cosas bien. Porque es mejor no tener nada que tener deudas. A los que les debo ya les digo que se pongan a la cola, que ahora no tengo nada.

En las judiciales de este año me iban a meter dos años. La última detención había sido por atentado a la autoridad, di 0.80 en alcoholemia. Yo no sabía que por la ley mordaza no podía grabar a la policía. Cuando saqué el móvil y el policía me lo quitó, tengo un lapsus de unos 20 segundos en la memoria…  De lo que hice me enteré en el juicio rápido.

Después de hablar con el forense, como voy al psiquiatra porque tengo trastorno por consumo de tóxicos y trastorno emocional de la personalidad y déficit de atención, el caso es que de dos años pasó a seis meses en el centro ambulatorio tomando una pastilla, antabuse, que a nada que te tomes dos cervezas, ya me dan taquicardias.

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Entre las judiciales, mi madre estaba ya incapacitada y vivía en una residencia en Estella. Pasamos un juicio, ella y yo. Mis hermanas y yo no nos hablábamos. Al final decidí que sus bienes pasaran a la tutela del Gobierno. La pensión de mi madre, más las ayudas, van todas a la fundación de la residencia donde vive. Yo no sabía si podía vivir o no en la casa de mi madre. Fui acompañada por una trabajadora social a la fundación y me permitieron quedarme siempre que pagara las letras de la hipoteca.

Con los problemas judiciales llegó la sentencia y entonces me ingresaron en Proyecto Hombre seis meses. Desde ahí no puedes gestionar nada, no tienes dinero, tienes que hacerlo todo a través de las trabajadoras sociales y yo estaba negra. Para entonces me había reconciliado con mi ex-marido. Yo le dije que se hiciera cargo de mi hija y del bóxer y que se fuera a casa de mi madre mientras yo cumplía condena. La sorpresa es que la fundación tutelar le hizo un contrato a él, lo que no me parece normal porque tenían un acuerdo verbal conmigo. Ahora, había que pagar la letra y doscientos cincuenta euros más. Él accedió, dice que para que no perdiera la vivienda, pero a los tres meses de estar yo en Proyecto Hombre me encabroné con una trabajadora social y firme el alta voluntaria, sin pensar en las consecuencias judiciales de eso. Cuando llegué a casa de mi madre, me encontré con una habitación ocupada y con que yo no podía estar ahí y que me tenía que buscar la vida.

A Roko, mi perro, lo había regalado.

Ahí pensaba que peor no me podían ir las cosas, pero sí que podían. Entonces empecé a trabajar por mi cuenta en el tema de la prostitución, pero tal y como lo ganaba lo consumía en cocaína, a dosis muy grandes, porque estaba muy deprimida. Estaba de mierda. Cuando me dijo mi ex que no podía entrar en el piso, mi consumo fue a lo bestia, ya me daba igual entrar en una sobredosis. Acabé en Urgencias con taquicardia e intoxicación etílica. Cuando se me pasó el colocón y el pedo, me vió la psiquiatra y me dio esta opción. Venir al centro de personas sin hogar. Era la única, ya que no contaba con familia ni amigos. Me puse a llorar. Me vi, totalmente, en la puta calle. Entonces era domingo, éste no, el pasado. Salí a las siete de Urgencias, empezó a llover, yo venía en tacones, venía de tres días de fiesta, con todo esto en la cabeza, a un sitio desconocido, no sabía lo que me iba a encontrar. Pensé que se me habían acabado todas las oportunidades, que tenía que empezar desde cero. Me dieron muchos ánimos las enfermeras: que p’alante, que esto tal vez era lo mejor que me podía haber pasado y que cogiera las fuerzas suficientes para volver a empezar.

Aquí llegué llorando. Yo no quería llorar, pero es que tenía los ojos llenos de agua. Pasé tres días de bajón a raíz de las drogas y demás. Me explicaron en Urgencias que es mejor que pase el bajón y una temporada de abstinencia para entrar en conciencia de que es mejor dejar el consumo. Porque en el momento de bajón es fácil decirlo, pero cuando el cuerpo se reactiva, vuelve la enfermedad de la adicción. Hay que tener unos hábitos, no manejar dinero, el móvil, no ver a según que gente…

Parece que nunca puedes entrar en un sitio así, nunca, nunca. Y aquí ves historias mucho más duras que la tuya. Porque tú crees que estás muy mal, pero hay gente que está mucho, mucho peor que tú: desestructuradaos de la cabeza, con alcoholismo mucho más fuerte que el tuyo, gente sin techo y en la calle y que no se puede quedar más de tres días. Incluso durante la ola de frío solo pueden venir a dormir.

Estoy encantada de estar aquí y empezar de cero. Ahora se han coordinado las trabajadoras sociales de Salud Mental, Unidad de Barrio, Albergue, Proyecto Hombre, Gestión de Penas… y me dejan estar aquí hasta que entre en Proyecto Hombre.

Me quiero desintoxicar para recuperar el cariño de mi hija, su aceptación, el vínculo que nos unía… y mi propia vida. Quiero que cuando ella tenga 20 ó 25 años diga, mira, mi madre pasó por esto, pero se recuperó. Se puede salir del consumo y cumplir con las obligaciones. Es lo importante. Espero que, con el tiempo, lo comprenda y lo valore.


Empezando de cero (I)

(Hablamos con una mujer de unos cuarenta años, quien pese a todo no perdía la sonrisa).

A mí ese piso me mató.

Esto empieza en el 2007, cuando más caros estaban los pisos. Compramos una vivienda entre mi marido y yo. Yo ya tenía a mi hija. Cuando tenía tres años, mi ex-marido se fue con otra mujer. Nos dejó a las dos y tenía que pagar mi hipoteca, más la hipoteca de mi madre que es con la que se avaló. Yo estaba trabajando de camarera a jornada completa y de monitora de aerobic y aun y todo no me llegaba para pasar el mes.

Yo no sabía que existían ayudas sociales, no tenía absolutamente ni idea de nada porque vivíamos en la abundancia. No sabía que tenía derechos, que existían ayudas… Lo único que se me pasó por la cabeza, un día que estaba en la piscina con el periódico buscando trabajo, fue un empleo en San Sebastian. Fui y era un empleo de prostitución. Viví ahí un año, haciendo plazas de veintiún días. Esto es que vas a a una casa, trabajas durante veintiún días, libras tres y luego tienes que volver. Sólo podía salir a la calle dos horas al día y nunca con una compañera. Era duro, no podías ni salir a comprar. Si te llamaba la madame y estabas comprando, tenías que dejar las bolsas y volverte.

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A mi hija me la estaba cuidando mi madre porque mi marido no se hacía cargo. Tenía cuatro años y medio. Yo entonces no consumía drogas.

Conocí a un chico en San Sebastián y empezamos algo.

En aquel momento empecé a trabajar de comercial en una empresa a la vez que en hostelería los fines de semana. No libraba ningún día. Estábamos los dos a prueba, pero al ver que yo conseguía más clientes que él, la empresa me puso de autónoma a mí. Capté clientes de toda la zona porque tenía que vivir de ello.

Entonces a él le alquilé la casa donde yo vivía para que hiciera un hidropónico de marihuana y me fui a vivir con mi madre y mi hija. Yo no tenía nada que ver con eso. Era en la casa mía, pero mi chico y otro se ocupaban. Yo vivía atemorizada por el tema de las drogas y lo ilegal. Olía en el rellano… no sé cómo no se enteraron los vecinos, eran mayores o no sé.

Al terminar la cosecha no quise seguir,  luego nos enfadarnos porque estuvo relacionado con otras mujeres y entonces se me ocurrió montar un piso de chicas -independientes- en mi casa. Esto no era como la casa de citas en la que yo había trabajado. Yo sólo les alquilaba las habitaciones. Todo lo que ganaban era para ellas. Me funcionó bien, seguía pagando la renta de la hipoteca y la de mi madre. Pero lo dejé porque una no me pagó y me lo destrozó todo. Y lo alquilé, pero eso luego os cuento…

Entonces empezó mi madre con el tema de los delirios. Le diagnosticaron personalidad esquizoide, que no es lo mismo que esquizofrenia. Los vecinos me empezaron a llamar, mi madre empezó a beber y me fui de su casa. Estuve con mi padre, pero es muy estricto. Mi familia está muy desestructurada.

Llegó un momento que no podía trabajar más de comercial, porque estaba todo el pescado vendido y tenía más pérdidas que ganancias. Por lo cual, tenía derecho a cobrar el subsidio. Entonces me di de baja de autónomos y solicité ayuda en Servicios Sociales y en Mediación Hipotecaría porque para entonces ya me había enterado de que habían cambiado un poco las cosas: las plataformas, había mucho ruido en la calle… Aunque perdí la vivienda, me libré de la losa principal de la hipoteca, pero tenía que continuar con la de mi madre. La vivienda que perdí, me la dejaron en un alquiler social. No era del gobierno, sino de una empresa privada. Me lo dejaron en doscientos euros. Tenía que pagar mucho menos y estaba más holgada.

Después conocí a otra pareja que era un delincuente, un tío que hacía estafas por internet. Ya había cumplido una condena de meses pero seguía teniendo causas pendientes. Tenía diez años menos que yo. Le quise ayudar, pero siguió con las estafas. Era una pasada, igual ganaba quinientos euros al día, pero se lo fundía todo en tragaperras. Le seguían llegando faltas, porque eran de menos de cuatrocientos euros y no eran delito. Le dije que, con esa facilidad que tenía para vender, se metiera de comercial. Pero, claro… ¡Legalmente no se le daba  bien! Me decía que estaba trabajando, pero no, estaba estafando. Y, mientras, se lo gastaba en las tragaperras e iba conociendo a otra chavala. Lo dejamos y en una redada lo apresaron pero, como había confianza, tenía mi número de cartilla, mi pin… Yo casi me meto en un lío. Entonces lo denuncié y ahora está cumpliendo condena.

Después lo de mi madre siguió mal. A mi se me cayeron las lágrimas porque los UPAS (Unidad de Protección y Acción Social) me dijeron que había que incapacitarla. Pidieron medidas cautelares para que no la sacaran, pero el juez no las aceptó y volvió a casa. Y otra vez a empezar el proceso.

Decidí estar con la madre y la cría en su casa y subarrendé mi vivienda a una mujer. Cometí un gran error, porque había una clausula que lo impedía. Además, al hacer un cambio de cuenta, los recibos de la luz no me llegaban, no me enteré y les quitaron la luz, bueno, les quitaron todo, ¡hasta el cuadro eléctrico! La mujer se pensaba que yo lo hacía para echarla de casa. Ella necesitaba un contrato legal porque era una reagrupación familiar. A pesar de que le ofrecí un mes gratis, limpiar la ropa…, se enteró de que no podía subarrendarla legalmente y ya me hizo la 13-14. Decidió no pagarme y chantajearme. Decía que si le daba mil ochocientos euros se iba. Yo no los tenía, pero los conseguí y no los quiso, no quiso irse. Me lo dijo con toda soberbia telefónicamente. Y se me iba acumulando la deuda… Entonces rescindí el contrato con la empresa de alquiler social. Les mandé un burofax y les dije la verdad. Que, sin conocimiento, había subarrendado el piso. Ellos querían que les devolviera el piso limpio, sin suministros, ni nada, pero no pude. Les dejé el marrón y perdí todas mis cosas, ¡qué el piso lo tenía pitiminí!

(continuará)


Sentado en la orilla del camino

Hace una semana estuvimos hablando con un usuario, fue una pena no haber recogido esa charla porque fue realmente interesante. Nos dijo que prepararía algo para la semana que viene y aquí está. Éste poema, nos dice, refleja que en muchos días en los que viajas de un sitio a otro la única compañera que te queda es la soledad…

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