Un investigador en el albergue – 3: La losa del estigma: Los “tontos” que discriminan al “otro”

[Sobre “un investigador en el albergue“]

El estigma contra el indigente

La estigmatización es uno de los fenómenos más preocupantes que van aparejados a situaciones de marginación social. Vivimos en sociedades humanas en las que se tiende a señalar a quien presenta rasgos que no se ciñen a la norma y, como bien es sabido, esta inclinación es extremadamente perjudicial para aquéllos que son apuntados con el dedo a causa de sus deterioradas condiciones de vida. El hecho de reparar en todas aquellas cosas y personas que no reflejan los cánones de normalidad socialmente interiorizados, sea para bien o para mal, parece ser una actitud inherente al ser humano. Resulta inevitable, al menos aparentemente, que esto haya sido así, sea así e incluso siga siendo en el futuro de esta manera.

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Uno de los entrevistados en el albergue, M., argumentaba en relación a este asunto que “en cualquier aspecto en el que no te amoldes a lo que la sociedad marca vas a ser visto como un anormal. Incluso si la persona es capaz de hablar sobre muchas cosas, algo que es bueno, va a ser visto como un “sabelotodo” al que no hay que hacer demasiado caso.” Cuando nos encontramos con respuestas caracterizadas por un fuerte rechazo del colectivo frente a la presencia de determinadas personas o grupos nos enfrentamos a un problema de calado social. Es esto lo que entendemos por estigmatización, un proceso por el cual los afectados ven cómo quienes monopolizan el discurso social generalizado los condenan por razones que pueden radicar en los motivos más diversos. Sean cuales fueren éstos, las consecuencias de este tipo de actitudes que adoptan muchos individuos que se identifican a sí mismos con la normalidad imperante, aunque no sólo sean siempre éstos quienes estigmatizan, pueden llegar a ser devastadoras. Basta con recordar la tremenda repercusión que han tenido movimientos sociales como el del nazismo y los resultados que trajo consigo la enorme campaña de difamación contra ciertos colectivos humanos a la que dio forma esta ideología. Son tales las consecuencias que puede implicar la estigmatización que Goffman (2008:9) afirma que “… la condición de estigmatizado constituye siempre el paso previo mediante el que a los seres humanos se les arrebata la libertad y la vida, la serenidad y los proyectos vitales, las posibilidades y las esperanzas”. Describe así mismo el hecho de que se deja de ver al individuo como “… una persona total y corriente para reducirlo a un ser inficionado y menospreciado. Un atributo de esa naturaleza es un estigma, en especial cuando él produce en los demás, a modo de efecto, un descrédito amplio… El término estigma será utilizado, pues, para hacer referencia a un atributo profundamente desacreditador” (Goffman, 2008:12,13). Presenta un panorama desolador según el cual es tal el daño psicológico del que son víctimas los estigmatizados que esto podría comportar la total pérdida de sus atributos de personas y, en definitiva, su “deshumanización”.

El estigma contra el diferente

En “Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal”, de Hannah Arendt, encontramos un nítido ejemplo de estas terribles consecuencias cuando la autora reflexiona acerca de cómo pudieron muchos judíos acudir a las cámaras de gas como corderos que van al matadero, sin dar claras muestras de rebeldía. Considera que el colapso moral no sólo afectó a los perpetradores del mal sino también a las víctimas. Arendt (1977:42*) plantea que en el caso de ideologías como la nazi “el perfecto idealista, como cualquier otra persona, tenía sus sentimientos y emociones, pero nunca permitiría que éstos se interpusiesen entre él y sus acciones si entraban en conflicto con sus ideas.” La razón para “deshumanizar” de esta manera a alguien es, en palabras de Goffman (2008:15), el hecho de que “un individuo que podía haber sido fácilmente aceptado en un intercambio social corriente posee un rasgo que puede imponerse por la fuerza a nuestra atención y que nos lleva a alejarnos de él cuando lo encontramos, anulando el llamado que nos hacen sus restantes atributos. Posee un estigma, una indeseable diferencia que no habíamos previsto”.

Este rechazo casi instintivo puede verse bien reflejado en la anécdota que Z. nos relata cuando cuenta que “estando pidiendo en una puerta del Corte Inglés, dos mujeres mayores pasaron a mi lado y al verme agarraron con fuerza sus bolsos como si yo fuera un ladrón por el hecho de estar allí. Les miré y les dije que no tuvieran miedo, que yo no iba a quitarles nada de lo que era suyo. Se sonrojaron.” El propio Z. va más allá, mostrándonos hasta qué límites el estigma puede atacar la dignidad de alguien y afectar a su persona, y asegura que “percibo que hacia nosotros existen indiferencia, desprecio y también odio. Me ocurrió que venía una madre con su niña de la mano y, al verme, la hija le dijo a la madre: ¿Esta es la escoria que papá ha dicho que hay en la calle no? Era el reflejo de lo que pensaba su padre. Decía lo que había escuchado en casa. Fue un golpe durísimo. Me dio mucho que pensar, le he dado muchas vueltas. ¿Cómo puede llegar la gente a ser tan cruel?

Pero estigma significa muchas cosas

(Nota del blog) Pero no olvidemos estigma significa muchas cosas

Todo ataque de esta naturaleza radica en la falta de comprensión acerca del origen de la situación del otro estigmatizado y, muchas veces, en el desconocimiento de su cultura cuando se trata de un rechazo basado en cuestiones étnico-culturales. Son muchos los que no reparan, cuando discriminan al otro, en que todos somos fruto del intercambio cultural entre civilizaciones. E., argelino emigrado a España, advierte que “muchos no entienden que somos fruto del contacto cultural. El contacto entre las diferentes culturas ha dado lugar a lo que hoy somos todos nosotros, seamos cristianos, judíos o musulmanes. Es por ello que la discriminación, sobre todo la cultural, no tiene razón de ser alguna.” Tomando en cuenta las posturas académicas y al propio E., que resultan considerablemente convincentes, podemos entender la estigmatización como un error humano de concepción que acarrea serias dificultades para la sana convivencia social. En este sentido, el canadiense Goffman (2008:157) tilda de estúpidos a aquéllos que estigmatizan a otros, razonando de la siguiente manera: “El estigmatizado y el normal son parte el uno del otro, si uno demuestra ser vulnerable debe esperarse que el otro también lo sea. Porque al imputar identidades a individuos, desacreditables o no, el marco social más amplio y sus habitantes se comprometen en cierto modo a sí mismos, por ser ellos quienes pasan por tontos.”

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